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| La Argentina Escindida |
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| Escrito por Roberto Fernandez Prada | |||
| Jueves, 23 de Julio de 2009 12:25 | |||
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Si observamos los gobiernos de los países democráticos de Occidente, sean repúblicas o monarquías constitucionales, veremos que están básicamente en manos de dos grandes corrientes ideológicas que se van alternando en el poder. Ellas están encuadradas a grandes rasgos como centro derecha y centro izquierda, aunque en los distintos países los partidos respectivos toman nombres variados, como en el caso de los Estados Unidos, denominados Republicano y Demócrata respectivamente; en España, Partido Popular o Partido Socialista; en Inglaterra, Conservador y Laborista. Esa polarización que antes citamos significa que el electorado se aglutina en dos grandes partidos en función de coincidencias ideológicas, sin que medie una adhesión más o menos incondicional a persona alguna, viva o muerta. Se trata entonces de un corte vertical del electorado que da racionalidad a la actividad política. En nuestro país, está claro, eso no sucede, aunque en las últimas elecciones presidenciales por un momento pareció que se iban a sumar los movimientos liderados por López Murphy, Sobich, Menen y Macri, de centro derecha, por un lado, y por el otro, los de Alicia Carrió, Néstor Kichner, Álvarez y otros, que podrían encuadrarse en el centro izquierda. Demás esta decir que esto no aconteció y en este momento presenciamos una pugna de todos contra todos. Hasta hace dos o tres años nuestro país se agrupaba en dos grandes partidos políticos: el Justicialismo y el Radicalismo, y en los dos existía internamente similares arcos ideológicos. Como ejemplo citamos en el justicialismo en un extremo, a Menem y en el otro, a Kischner, y en el radicalismo sus equivalentes serían López Murphy y Carrió. A diferencia de lo que sucede en esos países con democracias más evolucionadas, aquí se produce un corte horizontal del electorado, el que se nuclea principalmente sobre la base poco racional de la simpatía o la adhesión emocional, y no según a contenidos ideológicos. Esa característica conspira contra un mejor funcionamiento de las instituciones de la democracia, porque al final lo que se suele defender no es el interés de la Nación en sí, sino los de sectores embanderados bajo similares pasiones. Hay que reconocer que, de alguna manera, la transversalidad que postula el actual gobierno, resulta un intento razonable para aglutinar fuerzas políticas con contenidos doctrinarios afines, más allá de rótulos partidarios. Sin embargo, las apetencias personales pareciera que, una vez más, han de prevalecer. Lo que cabe preguntarse es por qué y desde cuándo se produce este fenómeno en nuestro país, que le resta madurez política y que no se repite, salvo excepciones, ni siquiera en América Latina. Esta característica arranca desde el advenimiento del peronismo en la Argentina, en la década del 40. Este nuevo movimiento se integró con adherentes que habían votado hasta ese momento a socialistas, radicales o conservadores, quienes a su vez representaban a grandes rasgos la izquierda, el centro y la derecha en el país. A partir del encumbramiento del general Perón en la política nacional y en función de sus características ideológicas y personales singulares, posibilitó el raro fenómeno de que personas con opuestas convicciones en muchos aspectos se aliaran bajo el mismo partido. Allí comienza la gran escisión que fue separando a la sociedad argentina en dos grandes vertientes irreductibles, que poco tienen que ver con lo razonable y sí con lo pasional: el peronismo y el antiperonismo. Mientras los primeros hacían hincapié en los logros en el ámbito social del gobierno de Perón, los segundos remarcaban en esencia el carácter autoritario de ese gobierno y la falta de libertad. Y así como los primeros aplaudían y adherían en forma incondicional a su líder marginando toda actitud crítica a los abusos que en distinto orden se cometían, los segundos descalificaban de plano y sin matices toda la gestión del gobierno peronista, sin reconocer ningún mérito. Esa discrepancia, cuyas características son más apropiadas para hinchadas de fútbol, se instaló en la sociedad hasta límites extremos, y así fue como, por estar en uno u otro bando, se rompieron viejas amistades o se distanciaron miembros de una misma familia. Los contemporáneos de aquellos tiempos quedaron de esa manera marcados para siempre por esa dura pugna, con esa impronta ajena al equilibrio, a la sensatez: peronismo o antiperonismo, de la misma manera que un siglo antes el país se fraccionó en federales y unitarios. Esa fiera antinomia, a la que somos tan proclives los argentinos, era comparable, en aquella época, a la opción Fangio o Gálvez en automovilismo, Prada o Gatica en boxeo, o Boca-Ríver en fútbol. Eran actitudes pasionales irreductibles. Han ido pasando los años, con más precisión medio siglo, y aquel antagonismo ha sido transmitido en buena medida de padres a hijos, como un lastre nefasto, como una herencia letal, y el rechazo o la adhesión visceral subyacente ha impedido hasta el momento que nuestra sociedad se organice desde el punto de vista partidario según principios ideológicos, como corresponde. Como ejemplo de esa actitud de confrontación, recordemos los trece paros que le hizo la CGT al gobierno de Alfonsín y la pasividad de esa organización durante el gobierno de Menem. Aún persisten esos impulsos nocivos en la actual dirigencia política, gremial y social y en el electorado en general, disimuladas por más o menos logradas racionalizaciones a la hora del voto. Ni siquiera la dura experiencia de la década del 70, con sus nefastas y dolorosas secuelas, pareciera habernos escarmentado lo suficiente como para que, dirigentes y dirigidos, hagamos un uso positivo de la libertad. Nos acosa el pasado con idealizaciones simplistas, con aversiones o adhesiones rotundas, sin que seamos capaces de digerirlo y superarlo, y liberarnos así de esas anacrónicas rémoras. Aunque parezca exagerado, muchos argentinos siguen añorando el Gran Hermano que les señale qué deben hacer, que los releve de sus responsabilidades como ciudadanos y de hacer buen uso de sus derechos como tal. Y si para muestra basta un botón, veamos qué sucede en muchas provincia gobernadas durante décadas por caudillos que transforman sus reductos en feudos familiares inexpugnables, merced al voto cautivo de una ciudadanía sumisa, amiga de dádivas y de prebendas. Poco hemos madurado desde el punto de vista cívico, aunque el país no es homogéneo en tal sentido, como el caso del electorado de Capital Federal, mucho más independiente y crítico que el del resto de la Nación. De todos modos, seamos optimistas, y como no hay mal que dure cien años, tal vez llegue el día en que, por imperio de la razón, del peso de las circunstancias o del simple paso del tiempo, logremos zafar de esas viejas ataduras que nos impiden encaminarnos, livianos de prejuicios y enconos, hacia un futuro mejor.
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