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| Elogio de la incertidumbre |
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| Escrito por Roberto Fernandez Prada | |||
| Lunes, 10 de Agosto de 2009 16:37 | |||
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En el año 1510, Desidéreo Erasmo escribió el “Elogio de la locura” y hace un lustro, Marcos Aguinis hizo lo propio con “Elogio de la culpa”. En ambos casos suena a extravagante el alabar condiciones mentales que no resultan gratas. Yo quiero completar la trilogía, sin pretender equipararme a esos insignes creadores, alabando a la denostada incertidumbre. Según el diccionario de la lengua española, incertidumbre significa falta de certidumbre, duda o perplejidad. La historia del Hombre está signada por el indeclinable intento de reducir las incógnitas de la vida a su mínima expresión. La ciencia ha sido el gran camino que ha permitido a la humanidad encontrar coherencias debajo del aparente desorden que inunda a nuestra realidad. A partir de ella, podemos , en alguna medida, predecir el futuro cuando, al usar la técnica, descendiente de la ciencia, somos capaces de construir un edificio que se comportará adecuadamente, o diseñar un motor que cumplirá una serie de exigencias funcionales, o calcular con exactitud la fecha de un eclipse sin atribuir a este fenómeno connotaciones mágicas. La certidumbre nos ha permitido dominar en gran medida a la naturaleza, y eso nos ha dado bienestar, quizá a costa del de futuras generaciones, y esto, sucederá justamente, porque no tenemos el conocimiento absoluto de los mecanismos sobre los que se estructura nuestra realidad material; en otras palabras, carecemos de modelos matemáticos totalizadores. Tal ejercicio intelectual nos ha llevado a intentar suprimir absolutamente la incertidumbre de nuestras vidas, porque, entre otras cosas, no sabemos ya convivir con ella, porque la vemos como una enemiga de nuestra paz espiritual, como una amenaza a nuestra tranquilidad. Quisiéramos que cuanto fenómeno se desarrolle en el ámbito material o espiritual esté encorsetado en la amabilidad de fórmulas que nos auguren un dominio de ellos. Sin embargo, el hombre, que durante milenios sobrevivió en un mundo básicamente hostil, perduró justamente por que está provisto de mecanismos para soportar la falta de certezas que ofrece la vida. La pregunta es, entonces, si una vida sin sobresaltos es una vida atractiva. Creemos que no es así. El auge de los deportes-espectáculos de estas épocas sería impensable sin la incertidumbre, pues precisamente la incógnita de los resultados es lo que resulta de atracción. Claro que se trata de incertidumbres que poco afectan lo esencial de nuestras vidas, pero seguramente están compensando esa atávica necesidad de incógnitas que poseemos inscripta en nuestra naturaleza íntima. La certeza absoluta es el antecedente del tedio y de sus secuelas patológicas. Recordemos que en Suecia, país donde la cobertura asistencial del Estado es excelente y libra a sus habitantes de incógnitas que a nosotros nos agobian, los índices de suicidios o de alcoholismo eran de los más elevados del planeta. La falta de preocupaciones puede ser tan nociva como el exceso de ellas. El perdurar bajo el manto gris de la máxima certeza sólo parece aceptable cuando se trata de cubrir las necesidades elementales de la especie para su subsistencia. Pero a partir de ese piso, uno pasará a plantearse dudas existenciales como consecuencia directa de una mente liberada de cubrir las exigencias primarias de la vida. Esas grandes dudas pueden llevar a la filosofía, a la locura, o a marginar esa problemática, sustituyéndola por actividades que cuenten con grados de incertidumbre que, incluso, pueden poner en riesgo la propia existencia, como se observa en algunos deportes, donde el asomarse al abismo del “no ser” y volver indemne de él, parece reforzar las sensaciones vitales. La globalización, en su sentido lato, pareciera que tiende a crear un mundo homogéneo, donde las costumbres se vayan asemejando paulatinamente, y los regionalismos queden para ser exhibido ante los turistas o en celebraciones especiales. Pero un mundo sin conflictos internacionales, aunque resulta deseable, es probable que no se compadezca con la profunda naturaleza humana. A partir de la caída del muro de Berlín, desapareció un gran motivo de conflicto y por ende de incertidumbre, pero automáticamente aparecieron un sinnúmero de pequeños conflictos de diversa índole localizados en distintas regiones del planeta. Según se espera, varios miles de millones de personas verán el torneo mundial de fútbol del corriente año, y allí estará la incertidumbre inocua de los resultados que en él se produzcan, aunque quizá lo de inocua resulta exagerado si recordamos que hubo un conflicto en Centro América originado en un partido de fútbol celebrado entre países limítrofes. Alguien escribió acertadamente que las únicas banderas sagradas que perduran son las de los equipos de fútbol, y según algunos sociólogos, es el sucedáneo incruento que da salida a los instintos agresivos del hombre. Podríamos decir, entonces, que se trata de una incertidumbre civilizada. Y aún en los grupos religiosos más sectarios, donde la duda no cabe en cuanto al destino sobrenatural del hombre, persiste la duda sobre si se salvará o no. Concluyendo, podemos afirmar que por mucho que el conocimiento del hombre se expanda, la verdad total no estará a su alcance, y por ende, la incertidumbre en diversos grados será su necesaria compañera. Debemos buscar nuestros mecanismos sicológicos que nos permitan manejarla, y convenzámonos de su necesidad.
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