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Reflexiones sobre el acto creativo Imprimir
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Escrito por Roberto Fernandez Prada   
Martes, 11 de Agosto de 2009 21:51

Hemos tenido la oportunidad de rozar apenas algunos caminos creativos, tanto en el ámbito artístico como en el técnico, y, más allá de la modestia de lo alcanzado en esos intentos, nos queda, como hecho rescatable, el acto en sí, como proceso de incierta arquitectura, pero profundamente enriquecedor y gratificante.

Naturalmente, tales vivencias nos impulsan a reflexionar sobre el acto creativo en general y sobre si existen elementos comunes en las creaciones científicas y artísticas. Es bueno aclarar que, hasta el siglo XVIII, artista y científico solían coincidir en la misma persona, cosa que ahora, no ocurre. Recordemos los casos de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Vico, etc. Es obvio que todo cuanto digamos sobre el tema es siempre una mera aproximación a una esencia de suyo inabarcable.

En lo que expondremos dejaremos de lado la valoración del producto de la creación, porque este acto implica experiencias sustanciosas para cada individuo, con independencia de la importancia del resultado obtenido. De lo mucho que se crea en cualquier plano, poco adquiere notoriedad, pero lo que nos importa es el hecho personal, eminentemente subjetivo, propio de la creación.

Podemos sugerir que la creatividad es la aptitud de generar nuevos rumbos, nuevas alternativas, fundamentalmente en los ámbitos artísticos o científicos. Es ejercer una suerte de pensamiento “lateral”. En consecuencia, la creatividad implica un cuestionamiento al presente, a lo conocido, a lo aceptado. Es, seguramente, una forma de rebeldía. Es un hecho nuevo, singular; una evasión o un refugio. “Ningún artista  tolera la realidad”, dijo Nietzsche. El proceso creativo es aquél que extrae un orden del desorden, una forma del caos, afirman algunos.

La creación, en general, pone en juego desconocidos yacimientos subconscientes que son la clave para sustentar el talento. La creación científica ofrece, aparentemente, fuertes aristas racionales, metódicas, pero en realidad está respaldada por una poderosa intuición, palabra cargada de imprecisiones. Es el rapto de inspiración que hace gritar “Eureka”. Con ello estamos señalando que en la creación científica no se suele avanzar razonadamente, paso a paso, sino que, muchas veces, se intuye el resultado y luego se procura su demostración metódica. Abundan los ejemplos de aquellos que, al despertar, han encontrado en su conciencia la resolución de un problema que rondaba en sus mentes. Otros, en sueños, han obtenido las claves fundamentales para el éxito de sus investigaciones.

El doctor Mariano Levin, investigador del CONICET y de la UBA, ha expresado que tanto lo artístico como lo científico comparten, como elemento fundamental, la libertad y el placer de ejercerla, y agregó que la calidad de una obra artística o de un trabajo científico dependen, en ambos casos, de la originalidad, pero son distintos los criterios para evaluarlas. La calidad de una obra de arte está ligada a la creación de un placer duradero, al vínculo que se establece entre la obra y el espectador. Por el contrario, la calidad de una obra científica se mide en términos de exactitud, coherencia y la posibilidad de reproducirla.

En toda inspiración subyace una actitud obsesiva, una clima espiritual que, trasladado a los niveles más profundos de nuestra mente, abona la tierra para que el fruto, casi independientemente de nuestra voluntad, vea la luz en cualquier momento.

En todo acto de creación palpita un intento de trascender, de permanecer, de perpetuarse. Por lo tanto hay un contenido de inequívoca connotación mística. Hay autores que sostienen que hasta la creación científica es una ansiedad religiosa.

Quien crea, abre un nuevo espacio, en cualquier dimensión de que se trate, se proyecta fuera de si mismo, buscando satisfacer una profunda sed de eternidad. Mientras el científico elige el tema de estudio y se aboca a él, el artista suele recibir un impulso que nace de sus propias profundidades, a veces promovido por vigorosas vivencias que luego, en una acto de catarsis, resuelve en arte.

El creador es un ser que se extraña, un extranjero que toma distancia de su propia realidad y se interroga, a veces con lenguajes crípticos, mediante la creación. Ésta es una dialéctica entre el hombre cotidiano y el hombre “extrañado”. Quizá sea una forma de exorcizar a sus propios fantasmas. Es un acto de rebelión contra el universo y es una celebración de él.

Unas veces, la obra fluye del sujeto casi con la sencillez de un manantial; otras veces se resiste, en una contradicción de querer y no querer nacer. En ocasiones opera la libre asociación de ideas, pero tampoco falta, como principio activo de motivación, un razonamiento concreto, es decir, una cuestión objetiva. 

Si nos referimos exclusivamente al crear artístico, puede ser una manifestación de un desasosiego del alma, o un éxtasis jubiloso, o un dolor en busca de su propia sangre, o un grito de las sombras que hemos perdido. En todos los casos, es dar camino a una gran tensión espiritual. Las experiencias creativas son fenómenos puramente individuales que tienen el sello personal del creador y aún, dentro de él, el de su entorno social, cultural, etc.

Sobre este particular, es importante conocer los puntos de vista los hombres claves del psicoanálisis. Para Sigmund Freud, la creación comienza en la fantasía, o en el sueño, o la ilusión, que no son sino proyecciones adultas del juego infantil, en el que el niño crea francamente un mundo ficticio. “Los sueños insatisfechos son el poder conductor que hay detrás de las fantasías; cada fantasía por separado contiene la satisfacción de un deseo y embellece la realidad insatisfactoria”.

Para Carl Gustav Jung, las ilusiones tienen que ver sólo con el cumplimiento de nuestros deseos; pero también está la otra parte: la represión de nuestro terror y de nuestros temores. Y pareciera que entre los deseos insatisfechos y los temores reprimidos, estos últimos son mucho más insistentes en la motivación del corazón del que crea. Como para avalarlo, en una publicación reciente, se hace referencia a lo dicho por Ernesto Sábato, quien expresa que ha tratado, simplemente, de escribir lo que lo ha atormentado.

Tanto en el ámbito artístico como en el científico, cuando el creador se deja llevar por el éxtasis inspirador, pierde la percepción normal del tiempo y éste es siempre escaso para liberar la pulsión creadora que lo embarga. El proceso creativo suele gratificar tanto o más que la obra que lo culmina.

En base a mi experiencia, opino que la poesía, por la profunda interrelación entre elementos racionales e irracionales, es el acto creativo, dentro de la literatura, que involucra emociones de mayor intensidad. Un poema es otra forma de meditar, de reír o de llorar.

Sobre ella dijo Pedro Salinas: “La poesía es una aventura hacia lo absoluto” y Mario Benedetti expresó: “La poesía es el género de la sinceridad, última e irreversible.” Bioy Casares, señaló que lo más intensamente literario, es la poesía. Yo agregaría, para terminar, que ella es uno de los pocos caminos que nos conduce, inexorablemente, a las profundidades del alma.

 
Comentarios (1)
1 Sábado, 17 de Octubre de 2009 17:11
paulina
no le entendi

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