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| Que nos devuelvan los pantalones |
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| Escrito por Roberto Fernandez Prada | |||
| Sábado, 15 de Agosto de 2009 14:53 | |||
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HOMENAJE A UN HÉROE ANÓNIMO Hace poco tiempo, yo circulaba por una ventosa calle bahiense, en las que el viento se encajona entre “horizontales” y opta por alcanzar velocidades insólitas, propias de un túnel de ensayo de aviones. Volaba todo lo imaginable y mucho más, sin ninguna necesidad de alas. Yo avanzaba recostado contra el vendaval, casi a cuarenta y cinco grados, cuando una hoja tamaño oficio, manuscrita con birome, se pegó a mi muslo como si fuera una lapa. Detrás del grueso tronco de un pobre árbol, también víctima del temporal eólico, logré leer el texto escrito en aquella hoja. Se agitaba tanto en mis manos, que se me volaron algunas letras. A pesar de esas pérdidas, igual resultó legible. Transcribo aquel valeroso documento, quizá vetusto, pero un verdadero grito de rebeldía para reverdecer tradiciones, que, seguramente, marcará un hito en el duro sendero de las reivindicaciones masculinas, y que su anónimo autor tituló:
¡QUE NOS DEVUELVAN LOS PANTALONES! ( Manifiesto de reivindicación machista )
Hace muchos años, las mujeres no usaban pantalones, que constituían una indumentaria inmanente a la condición varonil. Solamente alguna que otra transgresora se aventuraba a tamaña osadía, de la que, en general, no salía airosa. Era raro que aquella prenda beneficiara la figura femenina, en particular, porque sus siluetas lucían, por lo común, abundanciar en la popa, que hoy día han sido repudiadas por la estética que marca la moda. Pero el pantalón era, además, el paradigma del poder masculino. Entonces se decía que Fulano “tenía los pantalones bien puestos” o Zutano era “ el que llevaba los pantalones”, y con esa expresión quedaba meridianamente claro quién era el que portaba “ la manija” en forma indiscutible e indeclinable. Pero los hombres padecemos, con frecuencia suicida, de efímeras debilidades que nos conducen a conceder algunas mercedes a quienes no están, por naturaleza, a nuestra estatura intelectual. Digamos que somos seres compasivos, proclives, a veces, a caridades descabelladas que yo debería calificar sin ambages de deplorables traiciones. Lamentablemente, puedo afirmar ahora, con una perspectiva histórica, que esa actitud concesiva ha significado un craso error, una catástrofe, cuyas consecuencias estamos soportando. En resumen: nosotros nos bajamos los pantalones y ellas se los subieron. El verdadero caballo de Troya de este triste proceso ha sido el archiconocido pantalón vaquero, o jean, que hace unas tres décadas arribó a nuestras playas y nos convirtió en ciudadanos de una moda planetaria El pantalón de marras sería entonces el anticipo de la globalización que ahora nos arrolla y nos enrolla. Ese azul atuendo fue prontamente adoptado, por su supuesta practicidad, por los hombres y, a poco y de a poco, por las mujeres. Estas enfundaron en él sus pantorrillas y, como en aquel tiempo reinaba la abominable maxifalda, los hombres dejamos pasar el atrevimiento, porque, en realidad, visualmente perdíamos muy poco. Abusando de nuestra generosidad, transformaron en costumbre esa indumentaria, la que originalmente era muy amplia. La fueron ajustándola al cuerpo, hasta que la figura quedó realzada por el corte ceñido de aquellos pantalones, poco menos que unas verdaderas fajas que modelan y dar firmeza a notorias adiposidades. Los hombres, incautos como siempre, esclavos de la estética, proclives a las babas fáciles, caímos en la trampa de esos cánticos de sirena y, con nuestras alabanzas y piropos, acentuamos en forma irremisible la pérdida de nuestra soberanía sobre los pantalones. Pero lo grave, en última instancia, no residía en la sola portación de una prenda. Nada de eso. Sibilinamente, además de apropiarse del uso, se apoderaron a mansalva del significado que implicaba ese uso, es decir, que se apropiaron de ese simbólico bastión de lo masculino, que proclamaba a todas luces nuestra autoridad. Y ello acontecía mientras nosotros estábamos distraídos evaluando cinturas, muslos y glúteos, imbuidos de nuestra congénita sed científica. Entonces, no sólo se pusieron los pantalones, sino que también los ejercieron. Y así fue que, subrepticiamente, fueron tomando nuestros clásicos reductos de poder y se recibieron de abogadas, médicas, ingenieras, etc; se hicieron empresarias, se convirtieron en políticas, se constituyeron en militares, se asumieron jefas de familia, acapararon la astrología, con lo cual se apoderaron de nuestro futuro y, en el colmo de desfachatez, se están independizando de nuestra buena disposición para perpetuar la especie. Dentro de poco seremos como los toros, que la ven de afuera. Ni mencionar ese fallido intento de legitimar intelectualmente ese avance sobre nuestras tradiciones a través de una pseudo-- filosofía llamada feminismo. Aclaro que mi proverbial recato me inhibe de entrar en los detalles de la usurpación impúdica de nuestras atributos anatómicos masculinos, a la hora de agraviarse. Lo cierto es que, a diferencia de los viejos buenos tiempos, cuando ladrábamos unas cuantas órdenes y todas las mujeres de la casa corrían desesperadas a cumplimentarlas, mientras hacíamos una siestita o nos tomábamos unos amargos debajo de la frescura del parral oyendo algunos tangazos, ahora tenemos que defender a capa y espada los rinconcillos sociales, deportivos y económicos en los que nos han acorralado. Ni hablar de imponernos por la fuerza bruta, porque dominan las artes marciales y algunas tienen más músculos que Mike Tyson. Ellas luchan, pedalean, boxean, conducen bólidos como el más ducho caballero. Ni con el rugby hacen excepción. La TV me ha mostrado, recientemente, cómo morrocutudas señoritas, émulas de los “panzer” alemanes, combaten entre sí en pos de la “guinda”. En el colmo de la befa a que nos someten, han adoptado la bragueta, lo que resulta sencillamente inexplicable y oprobioso. Debo reconocer, a fuer de sincero, y que no se me tome por baboso o traidor por la confesión, que el atuendo de marras les queda mucho mejor a ellas que a nosotro; pero eso no viene al caso. Entonces, reaccionemos antes de que sea demasiado tarde y nos veamos en la triste situación de convertirnos en material de descarte o en meros zánganos humanos, para aportar algún espermatozoide que otro;-- tal las costumbres de algunas celebridades internacionales del espectáculo--, y limitados a las tareas más abyectas de esta sociedad. Por ello convoco a los hombres de buena voluntad que quieran recuperar el natural liderazgo que nos concierne, a la lucha para meter a las mujeres en vereda; para que se limiten a lo que históricamente les corresponde, es decir, a lavar, a planchar, a los cacharros de la cocina; a que sean cariñosas cuando se nos antoje, y a las polleras, si son minifaldas, mejor. En síntesis, la total y normal sumisión. Para que no se me tilde de fundamentalista, propongo exceptuar de esa medida a Mimí, naifa de lomo impresionante, digo esa conspicua dama que vive a la vuelta de casa, cuyos talentos pueden apreciarse a simple vista, incluso por los chicatos. El hecho de que ahora las más famosas“ vedettes” de la Argentina son varones, no alcanza como represalia. Por eso, hombres temerosos del mundo, antes de que también nos quiten la exclusividad del uso de los calzoncillos boxer y de la manzana de Adán, los insto a la reconquista de nuestros legítimos y sojuzgados derechos por la razón o por la fuerza, bajo el lema: “¡Que nos devuelvan los pantalones!” Por todo lo expuesto, los convoc…soc...soc...
El contenido de este notable documento, inconcluso vaya a saber en qué traumático avatar, es lo suficientemente explícito como para obviar algún comentario de mi parte. Todos se preguntarán por la identidad de ese valiente. Yo también. Sólo puedo conjeturar que fue sorprendido mientras terminaba de redactar su arenga y allí mismo fue ejecutado por su condición de leso rebelde. ¿Quiénes fueron sus verdugos? También es tema opinable. ¿Fueron las “pesadas” de una asociación fundamentalista femenina? ¿Las barra bravas de algún club de hockey? ¿Algún hampón a sueldo de un fabricante de pantalones para damas? ¿Quizá un despechado y robusto amiguito de Mími? ¿Tal vez mi tía abuela Ermelinda? Probablemente, nunca se sabrá. De todos modos, vaya mi sentido homenaje a ese mártir anónimo, defensor de la verdad y de las modas correctas.
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Gracias
Mis felicitaciones