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¿Era un solo río, de agua y de aire?
¿O era un solo cielo de aire y de agua?
El cielo y el río, viejos convecinos,
unidos formaban un palio de plata.
Y ese muro frágil que es el horizonte
había suprimido su frontera abstracta.
Era un solo paño colgado en el viento
como un amplio manto, liso y niquelado.
Y allí, en el centro del paisaje incierto,
un velero blanco navegaba cielos,
o tal vez volaba sobre el agua en calma.
El velero flotaba su silencio níveo
tal vez sobre el río, o sobre el firmamento.
Tal vez fuera un pez, o tal vez un pájaro,
dormidas las velas, serenas las alas.
De nuevo, a lo lejos, surgió el horizonte
y su larga traza partió el panorama.
Y el agua fue río, y el aire, alto cielo.
Y el cuerpo del barco eligió ser casco,
alistó las velas y resignó las alas.
Luego, lentamente, como en un suspiro,
proa hacia el olvido, se volvió distancia.
Roberto E. Fernández Prada |